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  • Sobre trabas y armaduras: escribir es ganarse a uno mismo una y otra vez

    Siempre hay trabas para escribir
    Foto: Sol Schiller

    El título de este post lo dice todo lo que quiero transmitirte y ya si te quedás con eso para mí es suficiente. Pero, ¿qué me llevó a enunciar esto? Algo que me pasó este mes y quería contarte para poner un ejemplo perfecto de cómo solemos ponernos trabas nosotros mismos a la hora de escribir y que para lograr volcar las palabras tenemos que ganarnos una y otra vez.

    Te cuento:

    Hace unas semanas me fui a la costa. Me había invitado mi viejo hacía rato, tenía la oportunidad de acomodar algunas clases y muchas ganas de escribir. Mi compañero tenía que quedarse a trabajar en Buenos Aires y quedamos en que vendría con el auto con nosotros un fin de semana y volvería a buscarnos al fin de semana siguiente. Por esto fue que, antes de aceptar la invitación, le aclaré a mi papá que podría ir siempre y cuando él me ayudara con el cuidado de mi hija para que pudiera escribir.

    El día anterior a salir armamos los bolsos. Salir con una criatura siempre requiere de una operativa que conlleva estar atento a no olvidar nada: Cambios de ropa para una semana (que equivalen a un mes de un adulto), el botiquín mínimo para cualquier emergencia, artículos de tocador (shampoo, jabón, cepillo de dientes, el alicate ese chiquito porque las uñas le crecen todos los días), pañales y pañales de agua, elementos de cocina (su vasito, su tenedorcito, y etceterita). Una valija para mi hija y para mí, mi bolso “de oficina” con compu, cuadernos de notas y algunos libros, bolso de tocador y cocina, bolso con el mate y los bizcochos para el viaje, cartera chiquita con papel higiénico para las paradas en la ruta, mochilita de hija con pañales y muda de ropa para las paradas en la ruta, juguetes para entretenerse en la ruta, algo de abrigo para cuando llegáramos, dinero en cambio chico para los peajes y, seguramente, alguna que otra cosa más que ahora se me está pasando.

    A la madrugada metimos las cosas arriba del cochecito y la niña a upa. Acomodamos todo entre baúl y parte trasera del auto (lo que nos llevó una media hora de implementar lo que aprendimos jugando al Tetris). Emprendimos viaje. En la ruta conversamos, hicimos chistes con cualquier pavada que viéramos en el paisaje, escuchamos música y cantamos. La niña durmió casi todo el viaje, solo se despertó a mitad de camino cuando paramos a comer algo. Todo fue ameno y, por supuesto, usamos en viaje la mitad de las cosas que habíamos preparado. Pero, como dicen, mujer precavida vale por dos y no fuera ser cosa que tuviéramos que desarmar todo el Tetris nivel mil quinientos ochenta y ocho para sacar una calcita porque a la niña se le ocurra dejar salir un poco de pis por el costado del pañal…

    Llegando a destino me di cuenta de lo peor. Entre tanto preparativo me había olvidado mi bolso “de oficina”. Sí, así como lo oís (bah, leés). La primera reacción de mi compañero fue decir que seguro estaba en el baúl pero una vez que comenzamos a desensillar se confirmó mi sospecha: el bolso con mis herramientas de escritura no estaba. La duda ahora era si lo habíamos dejado en la vereda al encastrar todo o si había quedado en casa. Efectivamente, pudimos constatar con familiar de por medio que había sido lo segundo. Todas mis herramientas para escribir habían quedado hermosamente acomodadas en mi bolso debajo de mi escritorio a 600 kilómetros de distancia.

    Mi compañero ofreció ir y venir para que contara con eso pero, siendo que tenía que trabajar, se pasaría el único día que podía quedarse disfrutando con nosotros en la ruta. No tenía sentido. Mi viejo me ofreció que usara su Tablet con tecladito, pero no tenía siquiera instalado el word y usar mi cuenta de archivos en la nube requería desinstalar la suya que usaba a la vez de acceso para atender a sus clientes (se dedica a mantenimiento informático en empresas). Me aguanté las lágrimas hasta la noche. Ni mi abuela, ni mi viejo ni mi compañero se me acercaban porque yo, en el mejor de los casos, contestaba monosílabos. El fallido me tenía desarmada.

    Mi compañero emprendió el regreso a Buenos Aires y yo me estaba quedando en un lugar en el medio de la nada, a diez cuadras de la playa, y en el que gracias si había un mercadito y un kiosko que al que llegaban los diarios únicamente los fines de semana. En ese kiosquito encontré entonces el arma con el que me ganaría a mí misma: Un cuadernito de cuarenta y ocho hojas rallado que irónicamente tenía una ilustración de la Liga de la Justicia en la tapa. Era el único que tenían en el kiosquito, lo juro. El cuadernito, revistas de peluquería, un álbum con stickers, algunos juguetes de playa, unas publicaciones de Peppa Pig y un pilón de crucigramas. Ah, y golosinas.

    Tan desacostumbrada estaba a escribir a mano que a veces a la noche sentía tirones desde los tendones de la muñeca hasta el hueco que está entre el pulgar y el índice. Pero no me importaba. Le di duro y parejo cada vez que mi hija estaba en la pileta con mi viejo. Al fin de semana siguiente, cuando llegó mi compañero, el cuaderno estaba completo. No quedaba ni un renglón libre. En mi reencuentro con la computadora, me llevó una tarde tipear todo y darle un poco más de forma.

     

    Este es un ejemplo de un TERRIBLE FALLIDO, pero las trabas que nos ponemos para escribir tienen muchas formas. Pueden ser excusas de actividades como justo tengo antojo de lavar la ropa en el momento que tengo para escribir o ¡ay!, voy a llamar a mi suegra a ver cómo anda… También el boicot puede ser interno, del tipo “no puedo”, “no me va a salir”, “no sé hacerlo”, “nadie lo va a leer”. Y, así, nos inventamos obstáculos que no existen.

     

    ¿Por qué es eso, Kari?, me podés preguntar. Bueno, cada caso es un mundo, ¿o no? En el relato yo me estaba afrontando a escribir por primera vez la historia de mi mamá, una historia dolorosa y llena de imágenes muy fuertes de su infancia y de la mía. ¿Por qué meterse en ese proceso tan difícil e incómodo si puedo estar jugando en la pileta con mi hija? Porque escribir me sana, me transforma, me hace crecer y me ayuda a decir cosas que no puedo expresar de otra manera. Las trabas son armaduras que nos protegen del miedo o dolor que nos pueda provocar el proceso de escritura que tengamos enfrente. Pero también son muros que no nos permiten ir ni más lejos ni más adentro y, para atravesarlas, tenemos que ganarnos a nosotrxs mismxs.

    ¿Y vos? ¿Tenés alguna anécdota sobre este tema? ¿Cuáles son tus trabas para escribir?